CUANDO LA QUIETUD ES OBEDIENCIA
Pocas veces la humanidad ha estado tan presionada a vivir en la inmediatez y, a la vez, a un ritmo acelerado. Estamos en una era en la que, a un clic, tenemos acceso a todo lo que queremos, donde abundan las comidas rápidas e instantáneas y donde, inevitablemente, nos cargamos de actividades porque llegamos a creer que el tiempo no nos alcanza.
Y, sin darnos cuenta, estas ofertas del mundo nos llevan a vivir consumidos por el auge y el movimiento diario. Nos acostumbramos al ruido, a la productividad constante, y olvidamos el valor del silencio que aquieta el alma (Sal. 62:5).
Pero vemos en la Palabra una intervención divina y amorosa. En el versículo 10 del Salmo 46, Dios habla en medio de la tribulación y el caos, y deja bien en claro que debemos «estar quietos». No es una sugerencia, sino una orden llena de ternura que nos recuerda quién tiene el control.
«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Salmos 46:10a
Es muy oportuno entender que Dios quiere mostrar su gloria en cada etapa que nos toca vivir, aun en las más difíciles. Esta expresión nos invita a reflexionar de forma contraria a lo que el mundo nos dicta y, por cierto, no es una advertencia a caer en la pasividad, sino una invitación a permanecer en una quietud activa, donde podemos esperar orando y buscando a Dios en su Palabra para confiar plenamente en su intervención soberana.
Cabe aclarar que no se trata de que Dios nos pida estar siempre quietos. En la mayoría de los casos, el Señor demanda de nosotros decisiones de obediencia y acción. Pero hay ciertas situaciones que se escapan de nuestras manos y que no podemos controlar. Y es en ellas donde Dios nos dice que dejemos de «hacer», «buscar», «esforzarnos» y «resolver» por nuestra cuenta, porque muchas veces, al batallar desde nuestras fuerzas en estas cuestiones, perdemos el enfoque de su soberana voluntad, y ese desgaste genera en nuestro corazón desánimo, cansancio, ansiedad y frustración.
En definitiva, en eventos puntuales, estar quieto no es rendirse; es confiar en que Dios mostrará su gloria para que reconozcamos su obrar. Creo que la frase de nuestros estudios FIO aún sigue resonando y haciendo eco: «Dios no está apurado».
Si Dios no está apurado, ¿por qué nosotros sí?
¡Bendecida semana!
Pr. Denis

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