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CUANDO ESTOY CANSADO

 


 “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.”

Isaías 40:29

Una de las grandes verdades que podemos notar en la Palabra de Dios es que el ser humano, en su naturaleza, es frágil. Recuerdo, hace muchos años atrás, que dentro del contexto de la Iglesia era mal visto ver a un hijo de Dios cansado o quizás atravesando algún momento difícil. Como que se esperaba que un cristiano estuviera siempre en victoria, con ánimo alto y fuerzas intactas, como si la fe eliminara el cansancio.

Lo cierto es que, como creyentes, no podemos ponernos una careta espiritual y fingir que está todo bien, mucho menos cuando por dentro estamos cansados.

El cansancio es parte de la experiencia humana, y la fe no nos pide fingirlo. Definir en pocas palabras el cansancio sería como la falta de energía física, emocional y mental para avanzar en la vida, en un deporte o en alguna actividad. Lo más sorprendente es que nadie, al comenzar algo, lo hace para cansarse. La verdad es que el cansancio llega cuando nuestras fuerzas comienzan a agotarse y se torna cuesta arriba seguir.

Claro que existen múltiples formas de cansarnos: agotamiento por un trabajo, cansancio en el servicio y la falta de fruto. También produce cansancio sobrellevar una enfermedad o alguna situación que nos fatiga espiritualmente y hace difícil seguir confiando en el Señor.

El cansancio, aunque parece una debilidad, no lo es. El cansancio es una señal sincera que nos hace descubrir que hemos estado peleando una batalla en la que quizás no fuimos vencidos, pero sí en la que nuestras fuerzas humanas han flaqueado o nos dicen: “Hasta aquí llegamos”.

Creo que todos, de alguna u otra forma, nos hemos sentido así. Y es justo ahí donde Dios desea intervenir. Él no ignora nuestro cansancio; Él lo entiende, lo ve y se preocupa por nosotros con el fin de multiplicar nuestras fuerzas. Nuestro Dios no nos deja derrotados y sin ánimo. Al contrario, Él se compadece y nos mira con amor para volver a darnos el aliento que necesita nuestra alma y así, con sus fuerzas, seguir adelante.

Si observas el versículo con claridad, para que Dios renueve las fuerzas debe ver en nosotros que ya no las hay, y eso nos ayuda a aceptar y reconocer que ya no podemos más, para acercarnos a Él sin culpa y con sinceridad.

Él recibe nuestro cansancio, nos renueva y nos impulsa una vez más para su gloria.

Dios renueve tus fuerzas.

Pr. Denis.

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