DIOS, SATANÁS Y EL HOMBRE
El huerto del Edén no solo era un lugar perfecto y santo, era un lugar de comunión. Todo estaba en orden hasta que Satanás, la serpiente antigua, con sus adulaciones contra la Palabra de Dios, convence a la mujer de comer del fruto que daba el árbol del cual Dios había prohibido comer.
Recordar estos sucesos iniciales nos muestra por lo menos 3 patrones que, a lo largo de la historia, se han de repetir.
1- El objetivo de Satanás es tentar al hombre.
2- El hombre, por causa de su pecado, se esconde de Dios.
3- Dios busca al hombre pecador.
Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?
10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Gn. 3:9-10
En primer lugar, este Libro nos anticipa una guerra espiritual que atenta contra nuestra alma y, como bien nos exhorta el apóstol Pablo, son maquinaciones del maligno que “no debemos de ignorar” (2 Cor. 2:11). Por eso, es oportuno tomar conciencia de que Satanás, así como lo hizo en el huerto, siempre utilizará la misma estrategia: seducir y despertar nuestros apetitos pecaminosos que se oponen a la voluntad de Dios. La Palabra es clara: Dios no tienta a nadie, sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia (por sus deseos desordenados) (Stg. 1:13-14). El enemigo conoce nuestras debilidades y, con astucia, de cierta manera, pone delante de nuestros ojos diferentes frutos prohibidos para tentarnos y destruir nuestra relación personal con Dios.
Luego aparece la vulnerabilidad del hombre. Su deseo de independencia y su hambre de satisfacción personal ponen en peligro su condición espiritual. Cuando somos tentados y caemos en la trampa, por naturaleza hacemos lo mismo que Adán: nos escondemos de Dios y evitamos todo aquello que está relacionado con Él. Es muy interesante notar que antes el hombre escuchaba la voz y nada ocurría en su interior, pero ahora, por causa del pecado, Adán, al escuchar esa misma voz, dice que “tuvo miedo”. Nada había cambiado en la voz de Dios, pero todo había cambiado en él. Esto es un claro ejemplo de cómo el pecado trastoca nuestro corazón y, asimismo, distorsiona nuestra percepción de Dios.
Pero hay una verdad que se sobrepone a las dos anteriores. Mientras el hombre está alejado, en desobediencia y, en consecuencia, con pecado y miedo, Dios no lo abandona. Dios lo busca y lo llama por su nombre con el fin de poder restablecer esa relación cercana e íntima que inicialmente tenían.
De esta manera, se resume el gran amor de Dios y su deseo inmediato de no dejar al hombre alejado de Él para siempre.
Esta historia del huerto también la podemos aplicar para nuestra vida presente. Piensa con honestidad:
1- ¿Qué fruto prohibido está hoy delante de tus ojos?
2- ¿De qué parte de tu vida te estás escondiendo de Dios?
3- ¿Deseas dejarte encontrar por Él?
Dios te ama y, a pesar de la separación que produce el pecado, Él tomó la iniciativa para buscarte. A través del tiempo, este amor no quedó solamente en su corazón como un buen sentimiento, sino que lo materializó en Jesús, quien vino a buscar lo que se había perdido (Lc. 19:10). Jesús es el camino para reconciliarnos con Dios. Él ofrece el perdón de pecados y vida eterna a aquellos que reconocen la necesidad de ser salvos.
Nuestra meta hoy es escuchar su voz, volvernos a Él y ser restaurados.
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna.” S. Juan 10:27-28a
Bendecida semana.
Pr. Denis.

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