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 AFINANDO EL OÍDO


La fe con la que un día recibimos el evangelio y nacimos de nuevo es la misma fe que Dios quiere ver crecer en nosotros. La fe está llamada a afirmarse, a madurar y a crecer en nuestro interior.

Ayer iniciamos una serie de sermones y, a lo largo de esta temática, veremos que la fe de Abraham no estaba en sus fuerzas ni en sus capacidades. Su fe estaba fundamentada en el Dios que lo llamó, apartó y marcó un nuevo rumbo y propósito en su vida.

En medio de un contexto donde los hombres confiaron en sus fuerzas, en sus planes y en su propia sabiduría (Gn. 11:1-4), Dios nos enseña, por medio de la vida de Abraham, un hombre común, que dejó de confiar en sí mismo para depender absolutamente de la palabra que Dios le había dado (Gn. 12:1-3).

"Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios." Romanos 10:17.

Podemos notar que la fe viene cuando escuchamos la Palabra de Dios, y, a medida que somos expuestos a ella, nuestra fe crece, aumenta y nos anima a seguir avanzando.

Evidentemente, el patrón de Dios hacia sus hijos es el mismo:

1. Dios habla.

2. Nosotros oímos.

3. La fe nace y crece.

Dios le habló a Abraham y despertó su fe. Abraham escuchó y obedeció en fe.

La razón por la cual estamos llamados a confiar en Dios es porque tenemos su Palabra, la cual no falla; es efectiva, poderosa, permanece para siempre y no vuelve vacía. Hoy tenemos la bendición de que todos los días está allí para hablarnos.

Dios habló en ella, se reveló y mostró su voluntad para los hombres, la sociedad, la familia y la Iglesia. En ella encontramos el nutriente que nos alimenta y hace desarrollar la fe. Jesús lo confirmó en la parábola del sembrador: "La semilla es la palabra de Dios", y aquellos que la recibieron dan fruto con perseverancia (Lc. 8:15).

Cuando tenemos un corazón dócil a la Palabra, ya sea que la escuchemos o la leamos, podemos estar seguros de que iremos conociendo en mayor medida al Dios de la Palabra, y así nuestra fe se fortalecerá. Somos llamados no solo a oírla, sino a caminar en ella, meditarla y vivirla. Una vida espiritual próspera es el resultado de un corazón que se deleita en la Palabra (Sal. 1).

En este tiempo especial, afinemos el oído para seguir escuchando su voz en cada sermón, en cada lectura, y dejemos que el Espíritu de Dios trabaje en nuestro interior, reordenando prioridades, decisiones y perfeccionando nuestra fe. Es tiempo de creerle a Dios, confiar en sus promesas y tener nuestro oído dispuesto a escuchar su Palabra.

Bendecida semana.


Pr. Denis

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