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LA CURA DEL MIEDO


El día en que tengo temor, yo en ti confío. Salmo 56:3

“Hay días y días” es una expresión que decimos cuando la vida a veces sonríe y otras veces pesa.

David sabía muy bien de esos días. Él era un hombre curtido en batallas, un guerrero experimentado. Sin embargo, en este salmo deja ver la fragilidad de su corazón: estaba atravesando miedo. ¿Escondes tus miedos o los expresas?

Los cristianos, los hijos de Dios, no somos inmunes a esa emoción. El miedo es humano y se deja ver en el libro de Génesis como uno de los primeros síntomas luego de que el hombre cayó en pecado (Gn. 3:10). Este aparece cuando el peligro se asoma o la amenaza se siente cerca. Y aunque no es el momento de analizarlo a fondo, el miedo también cumple una función: nos advierte, nos protege y muchas veces es una alerta que obra para bien.

David escribió estas palabras mientras escapaba de sus enemigos, con la muerte casi pisándole los talones, y nos deja una lección clara: en los días de miedo, el mejor remedio es confiar en el Señor.

Observa lo que hace David. Él no permite que el miedo lo gobierne. Tampoco lo niega ni lo esconde bajo una armadura de falsa valentía. Hace algo más profundo: usa esa sensación adversa como puente hacia Dios. En otras palabras, convierte el temor en un motivo para poner su confianza en el Señor.

Sin dejar lugar a generar confusión, aclaro que no hablo de una “técnica positiva para contrarrestar el temor”. Hablo de una realidad: aunque el miedo esté presente, también está presente Alguien en quien podemos confiar y refugiarnos: Dios.

La confianza de David no se apoyaba en sus fuerzas ni en su coraje para enfrentar el peligro. Según el contexto inmediato del versículo, podemos ver que su confianza descansaba en la Palabra de Dios, que era el objeto de su alabanza. Una versión más actual lo expresa así:

Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra.

Sal. 56:3-4a (NVI)

Un comentarista lo dijo con precisión: su confianza en Dios estaba directamente relacionada con la Palabra de Dios. Su confianza no era una esperanza ciega ni un deseo lanzado al cielo; se basaba en el carácter revelado de Dios y en sus promesas reveladas en su Palabra.

Cuando tenemos conocimiento de Dios, no estamos solos. Es su Espíritu quien obra y nos recuerda su Palabra para afirmar nuestra fe, renovando nuestra confianza en aquellos días en que el temor intenta tomar el control (S. Jn. 14:26). Esta es una buena razón por la cual deseo dejarte porciones de la Palabra de Dios para que las atesores en el corazón y las consideres cuando el temor toque la puerta.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Sal. 23:4

En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. S. Juan 16:33

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Is. 41:10

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador. Is. 43:2-3a

Confiemos en nuestro Dios.

Pr. Denis.

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