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Bajo los cuidados de un pastor suficiente: Un pastor que sostiene y guía.


En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre (Salmo 23:2-3).

Según los profesionales, un descanso reparador se logra cuando una persona duerme entre 7 y 9 horas por la noche; pero esta teoría pocas veces se vuelve realidad cuando estamos atravesando problemas y situaciones que nos impiden descansar realmente e, incluso, nos quitan el sueño.

La vida de este lado del sol, en ocasiones, puede tornarse muy cansadora y desgastante. El día es agotador y la noche larga, sobre todo cuando nuestra mente no para de pensar en esas “cosas de la vida” que nos toca vivir.

Los desiertos espirituales existen. Muchas veces hay sequedad espiritual. Nuestra vida puede desconectarse de Dios y dejar de sentir su presencia. No se trata de que Dios se alejó y nos abandonó; se trata de una falta de sensibilidad de nuestra parte. La dureza en el corazón es real y nuestra alma comienza a secarse. Los problemas, por más pequeños que sean, comienzan a verse gigantes; la ansiedad nos controla y, encima, los sentimientos de soledad nos invaden. Seguimos con la vida, pero no hay fuerzas para continuar. A veces abrazamos algunos dichos famosos para calmar nuestra alma, como “el tiempo cura las heridas” o “ya vendrán mejores temporadas”, pero nada de eso tiene en mente el salmista al describir el trabajo delicado que hace el pastor con los suyos.

El pastor sabe muy bien sobre la vida espiritual de sus ovejas y por eso busca dar descanso en pastos delicados. La desesperación del alma es un síntoma que el pastor reconoce en sus ovejas y hace lo suficiente para calmar el corazón. Provee descanso y sostiene la vida con el alimento de su Palabra.

En la antigüedad, el pastor dirigía a su rebaño hacia aguas tranquilas para que las ovejas, después de grandes caminatas, saciaran su sed; y si alguna estaba sucia o herida, aprovechaba para lavarla y limpiarla.

Nuestro buen pastor, Jesucristo, hoy es el agua de vida que sacia nuestra sed y, por medio de Él, somos lavados y limpiados de toda impureza y sequedad espiritual. Las aguas tranquilas nos brindan la idea de paz; esa paz que penetra el alma y nos da un nuevo respiro, nueva esperanza, una nueva perspectiva de la vida y el alivio de recibir esa renovación en nuestro corazón.

Es acertado pensar que muchas veces somos guiados por nuestros propios impulsos y, tal vez, ese cansancio y tiempo de caminar por desiertos fue por habernos descarriado del redil o alejado de sus cuidados. Esa es la razón por la cual el salmista busca orientar nuestra comunión personal con Dios escribiendo que, luego de haber confortado nuestra alma, ahora Él “nos guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”.

Jesús es el camino, la verdad y la vida, y en Él encontramos las huellas que dejaron sus pisadas para seguir su camino y ejemplo. En este camino que Jesús nos invita a seguir está garantizado el descanso; y aunque estemos con cargas, su promesa la cumplirá porque Él no miente.

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mt. 11:28).

Escucha la voz de tu pastor que te llama y síguelo; es tiempo de volver a la verdadera fuente de confianza, descanso y aliento que tu alma necesita. Recibe sus caricias, su guía y deja que Él limpie y sane tus heridas. Hay renuevo en sus brazos, que hoy te sostienen y te guían sin que nada te falte.

"Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas" (Is. 40:11).

Que nuestro buen Pastor pastoree tu corazón.

Pr. Denis

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