¿HASTA CUANDO, SEÑOR?
Ten piedad de mí, SEÑOR, porque desfallezco; sáname, SEÑOR, porque mis huesos están en agonía. Muy angustiada está mi alma; ¿hasta cuándo, SEÑOR, hasta cuándo?
Sal. 6:2-3 NVI
Uno de los mayores privilegios que tenemos como creyentes es acercarnos a Dios y poder derramar toda nuestra alma y corazón ante su presencia, aun en aquellos momentos donde nuestro clamor sale con poco aliento desde lo más profundo de nuestro ser. ¿Alguna vez has sentido que Dios tiene tu situación en una fila de espera?
Evidentemente, el salmista no estaba en su mejor temporada, o más bien, una lectura total del Salmo nos invita a pensar que estaba en una de sus peores temporadas. El dolor de su cuerpo era tan intenso que estaba a punto de morir, y describe a su alma como “muy angustiada”. Pero no caben dudas de que toda esta angustia que llegó a sentir no se trataba en su plenitud solo por sus dolores corporales, sino más bien por un aparente silencio de Dios en medio de su aflicción: “¿Hasta cuándo, Señor?”
A lo largo de nuestra vida, en alguna u otra medida, pasaremos tiempos donde las situaciones pueden desalentarnos, y ante todo quiero decirte que no es pecado sentirse así. Es algo natural y normal porque somos seres creados con emociones y sentimientos, pues así nos creó Dios.
Lo que podemos aprender de estos versículos es la actitud de David al no guardarse nada en su corazón y manifestarle a Dios, libremente y sin filtros, todo lo que ocurría en lo más profundo de su ser. Esta acción de David es sumamente liberadora porque nuestra alma solo descansa (verdaderamente) cuando nos acercamos en humildad a la presencia de Dios (Sal. 51:17) y soltamos en oración aquello que nos aflige.
Estoy seguro de que alguna vez has llegado al Señor con tu alma derribada, y fue allí, en su presencia, donde fuiste levantado, sostenido y fortalecido. Y aunque la situación no cambió, sí pudiste experimentar un cambio en tu ser interior que te permite llevar la carga de otra manera. De cierta forma, esa carga pesada fue mucho más llevadera y alivianada luego de acudir al Dios que, por medio de Cristo, nos invita a descansar en Él y hallar gracia ante nuestros gritos internos de socorro (Heb. 4:16).
Dios puede aliviar y calmar nuestra alma en temporadas adversas.
Te comparto una canción sobre el Salmo 6.
Abrazo grande, Pr. Denis.

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